En la aprobación de la reforma
laboral ―que trata al trabajador como objeto a usar (sustituible y desechable) y
no como ser humano (desamparado, singular, deseante y mortal)― y en el contexto
de los discursos triunfalistas (tan ciegos e hipócritas como lo son todos los
optimistas), transcribo un pasaje de Los
espectros de Marx de Jacques Derrida:
“Hay
que decirlo a gritos, en el momento en que algunos se atreven a neoevangelizar
en nombre del ideal de una democracia liberal que, por fin, ha culminado en sí
misma como en el ideal de la historia humana: jamás la violencia, la
desigualdad, la exclusión, la hambruna y, por tanto, la opresión económica han
afectado a tantos seres humanos, en la historia de la tierra y de la humanidad.
En lugar de ensalzar el advenimiento del ideal de la democracia liberal y del
mercado capitalista en la euforia del fin de la historia, en lugar de celebrar
el “fin de las ideologías” y el fin de los grandes discursos emancipatorios, no
despreciemos nunca esta evidencia macroscópica, hecha de innumerables sufrimientos
singulares: ningún progreso permite ignorar que nunca, en términos absolutos,
nunca en la tierra tantos hombres, mujeres y niños han sido sojuzgados,
conducidos al hambre o exterminados. (Y, provisionalmente pero a disgusto,
tendremos que dejar aquí de lado la cuestión, sin embargo indisociable, de lo
que está sucediendo con la vida llamada “animal”, la vida y la existencia de
los “animales” en esta historia.)”
Derrida, J. Los espectros de Marx, p. 99
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