sábado, 29 de marzo de 2014

Cortázar, lector de Freud: La Maga, la magia y el amor


Pero el amor, esa palabra…

Julio Cortázar

 

El pasado doce de febrero se cumplieron treinta años del fallecimiento de Julio Cortázar. Cuando impartía clases en algunas ciudades provincianas de Argentina, en esa condición de suficiente soledad que es necesaria para hacer algo absurdo, leyó la obra completa de Sigmund Freud: eso que se hace cuando uno tiene todo el día libre y absolutamente nada que hacer, dice Julio Cortázar en entrevista en la Librería El juglar. A pesar de que era más admirador de Jung que de Freud, podemos suponer que la lectura de los textos freudianos pudo haber influenciado su obra. Re-crearemos una construcción reflexiva entre el autor de Rayuela y el inventor del psicoanálisis. Lo haremos a propósito del aturdimiento amoroso de Horacio Oliveira.

Carlos Fuentes decía que la clave de Rayuela está en el comienzo: ¿Encontraría a la Maga? Esta pregunta precipita otras: ¿Quién la encontraría? ¿Quién es la Maga? ¿Quién la busca? ¿La ha perdido?

En el capítulo cuarenta y ocho de Rayuela, Horacio Oliveira  está de vuelta en Argentina. Viene de Paris. Después de la muerte de Rocamadour y de la partida de la Maga, regresa derrotado. A pesar de su ausencia, Horacio cree ver a la Maga en todos lados: un deseo incontrolable la había arrancado del inconsciente la imagen de la Maga para proyectarla contra la silueta de cualquiera de las mujeres a bordo del barco de regreso. Cuando conoció a Talita, esposa de su amigo Traveler, sintió bruscamente que encontraba un “falso parecido total”. Cualquier cosa, cada rincón, le recuerda el amor perdido. Le irritaba la psicología analítica, pero era cierto: el amado deja de ser un objeto perdido para volverse la imagen de una posible reunión. Siempre nos hallamos buscando el amor. A pesar de todo, lo creemos posible. No somos tan libres como imaginamos.

En Psicología de las masas y análisis del yo, Freud dice que el enamorado actúa como un hipnotizado. El amante idealiza al amado. El enamoramiento comienza con una alucinación erótica. El deseo amoroso es el sueño de los vivos. De tal modo que en principio no se ama a quien realmente está enfrente, sino a una imagen, un gesto, un tono, una fantasía… Es el momento del flechazo. En Fragmentos de un discurso amoroso,  Roland Barthes lo describe así:

En la imagen fascinante, lo que me impresiona (como si fuera ya un papel sensible) no es la suma de sus detalles sino tal o cual inflexión. Del otro, lo que me llega bruscamente a tocarme (a raptarme) es la voz, la caída de los hombros, la esbeltez de su silueta, la tibieza de la mano, el sesgo de una sonrisa, etc. Desde ese momento ¿qué me importa la estética de la imagen? Algo viene a ajustarse exactamente a mi deseo (del que ignoro todo).

Así le sucedió a Horacio Oliveira, quedó prendido de un encuentro: Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas…  No sólo se trataba de esa “delgada cintura” o de esa “sonrisa sin sorpresa”, sino de algo que se ajustaba perfectamente al quiebre de su razón: A Oliveira lo fascinaban las sinrazones de la Maga, su tranquilo desprecio por los cálculos más elementales.  

Horacio, moralista y metafísico, está raptado por una imagen fascinante. Desconcierto: la fascinación es el estado del amante. En El sexo y el espanto, Pascal Quignard explica que fascinus es la palabra romana para nombrar el phallós. La imagen amorosa crea un rapto que inflama el deseo. Rapto: no estoy en mí, me busco en ti. Hay una emoción ilimitada. Parece que no hay control y no hay fronteras. La atracción es intensa. El enamoramiento crea un estado anímico extraordinario. Diotima le dijo a Sócrates que el amor es un gran demonio y en el Renacimiento Ficino reconoció que todo el poder de la magia se basa en el amor, un amor que se cumple por fascinaciones, encantamientos y sortilegios. Siglos más tarde, Freud y Cortázar dicen que el amor se parece a un sueño que no se sabe si se busca, se encuentra, se pierde, se esfuma…

Y por qué no, por qué no había de buscar a la Maga… En este sueño reside la felicidad: ¿Encontraría a la Maga? La encontró y la perdió. Luego, la veía en otras mujeres. El amor comienza con este re-encuentro, con esta fascinación. Sin embargo, queda hacerse estas preguntas: ¿Quién es Lucía? ¿Quién está detrás de la Maga? ¿A quién se ama? En ese momento comienza la pregunta por el otro. El amor se imagina mágico y perfecto (Yo me llamo Lucía pero voz no tenés que llamarme así ―dijo la Maga), pero sucede que la realidad es diferente a los sueños. Roto el hechizo, puede acontecer la decepción y el reproche mutuo: pueden sonar los tambores de guerra, la demanda impositiva, la batalla sin fin… También puede comenzar un vínculo de solidaridad: ya no el rapto del enamoramiento, ya no la eternidad de las batallas, sino la cotidianidad, la solidaridad, el cuidado mutuo, el placer compartido. Después del flechazo, hay posibilidad de otro encuentro (oportunidad que un psicoanálisis puede abrir). Ya no se trata del sueño del hipnotizado, ni de una guerra interminable; se trata de compartir el dolor de vivir: consolarnos mutuamente de algo incurable e indescifrable…

Abraham Godínez Aldrete

Primavera de 2014

Guadalajara, Jal. México

 

miércoles, 5 de febrero de 2014

Prolegómeno a una analogía posible entre el escritor y el psicoanalista: "Elizabeth Costello" de J. M. Coetzee


La escritura también es, de manera muy literal y hasta en el valor de una “archiescritura”, una voz que resuena.

Jean-Luc Nancy

 

Elizabeth Costello sufre de sinceridad. Alcanzó la fama con su cuarta novela La casa de Eccles Street, en el que desarrolla una historia sobre Marion Bloom (mujer de Leopold Bloom, protagonista del Ulises de James Joyce). En esta novela Elizabeth describe el matrimonio como una prisión: la mujer queda encerrada en casa y el varón en el exterior (así que tenemos a Odiseo intentando entrar y a Penélope intentando salir, [Coetzee, 2006: 19]).


Elizabeth Costello es una novela de Coetzee que relata la historia de esta escritora (¿alter ego de Coetzee?) Elizabeth nació en 1928 en Australia. En la novela tiene sesenta y siete. Por lo tanto el relato se desarrolla en 1995. Elizabeth prefiere la soledad: padece las apariciones públicas. Sin embargo, participa en conferencias universitarias, charlas culturales en barcos, reuniones de asociaciones de beneficencia… No le va bien, pero no deja de asistir. Es una locura seguir con esto: es un disparate presentarse en público y ser honesto, pero los locos siempre son sinceros (Coetzee, 2006: 118).


Elizabeth es reacia a acallar sus opiniones. Dice lo que piensa sin importar el escándalo de los eruditos y de las “buenas conciencias”. Cada charla es un problema para ella: alborota a los intelectuales cuando compara los rastros con los campos de concentración (fábricas de muerte,  [Coetzee, 2006: 103]); horroriza a los humanistas cuando destaca el banal negocio de la universidad (Puede que sea forastera, pero si le preguntaran cuál es la disciplina central hoy día en la universidad, ella diría que es ganar dinero [Coetzee, 2006: 131]); atemoriza a los novelistas cuando reprueba la mística de la literatura africana o cuando hace una precaución sobre la tinta cruel y exhibicionista de algunos relatos; y aterroriza a los católicos cuando hace una crítica al dios débil, feo y moribundo (¿Por qué un Cristo agonizando entre contorsiones en lugar de un Cristo vivo? Un hombre en la flor de la vida, de treinta y pocos años. ¿Qué tienes contra mostrarlo vivo, en toda la belleza de su vida? Y ya que hablamos de esto, ¿qué tienes contra los griegos? Los griegos nunca habrían hecho estatuas y pinturas de un hombre en plenos estertores, deformado, feo, y luego se habrían arrodillado ante esas estatuas y las habrían adorado, [Coetzee, 2006: 144]).  


Lo único que quiere Elizabeth es quedarse callada, pero habla. Coetzee describe muy bien el dolor de hablar. Hay un sentimiento de culpa cuando se dice lo que se piensa. Es más fácil no contradecir la habladuría y participar con el guión a representar. Sin embargo, Elizabeth Costello se resiste a ser sólo una repetidora de ideas. No ha aprendido a fingir.


El libro nos cuenta sus desavenencias con el “gran público”. En el último capítulo, Elizabeth Costello es procesada por el mismo tribunal que enjuicia a Josef K. La justicia está perdida de antemano: la puerta de la ley está destinada a ella, pero no podrá cruzarla nunca. El tribunal le exige que explique sus creencias. Ella dice que no es creyente. Desde el primer capítulo ella había dicho que el realismo nunca se siente cómodo con las ideas.  Ahora se lo dice a sus jueces: no cree en nada. Ellos le dicen que sin creencias no es humana. A ella las creencias le estorban, por eso termina siendo iconoclasta.
 

Hay oficios que no pueden convivir con la creencia. La escritura y el psicoanálisis pertenecen a este tipo de oficios. Elizabeth se auto-designa como secretaria de lo invisible. Esta descripción podría también definir el oficio de un psicoanalista Un secretario es aquel que se le confía un secreto para que lo guarde. También puede ser un escribiente, tiene el encargo de escribir lo que se le dicta. En la función del secretario confluyen el oficio del psicoanalista y del escritor, ambos se ocupan de la voz del otro (el psicoanalista en la primera acepción, el escritor en la segunda). Elizabeth dice que es secretaria de lo invisible, entonces podemos preguntar esto: ¿Qué es aquello invisible que el psicoanalista y el escritor oyen?
 

De momento, lo único que oye es el lento latido de la sangre en sus oídos, igual que lo único que siente es el suave contacto del sol en su piel. Por lo menos eso no se lo tiene que inventar: ese cuerpo mudo y fiel que la ha acompañado a cada paso del camino, ese monstruo amable y torpe que le ha tocado cuidar, esa sombra hecha carne que se yergue sobre dos patas como un oso y se lava a sí misma continuamente y desde dentro con sangre. No solamente está ella dentro de ese cuerpo, dentro de esa cosa que no podría haber imaginado ni en mil años, tan fuera de su alcance se encuentra, sino que de alguna forma ella es ese cuerpo. Y a su alrededor en la plaza, en esa hermosa mañana, la gente también es en cierta forma sus cuerpos. (Coetzee, 2006: 214)


Lo invisible es el cuerpo humano. No el cuerpo representado, sino el sentir del cuerpo. El cuerpo afectivo es el ser vivo, mortal y desvalido que somos. Al escribir el poeta da voz a la realidad del otro, al cuerpo de los otros (su escritura es la resonancia de esta voz); al escuchar el psicoanalista da voz al otro (el psicoanalizante puede escucharse a sí mismo y recuperar su voz), a los afectos del paciente. Ambos son secretarios del otro.
 

En el seminario titulado Las psicosis, Lacan dice que la función del psicoanalista es la de ser secretario de la palabra del alienado. Para ser secretario es necesario no tener creencia o, más bien, no creer en lo que se cree (ni tan siquiera en los dogmas del psicoanálisis). En eso se parece el psicoanalista al escritor: el escritor no enjuicia a sus personajes, el psicoanalista no califica a su paciente. El psicoanálisis y la escritura dan voz a la realidad humana, acontecen sin ideales. Elizabeth subraya esta condición, la de no ser creyente, para poder ser secretario del otro. Así se lo dice a sus jueces:


―Soy escritora y lo que escribo es lo que oigo. Soy una secretaria de lo invisible, una de las muchas que ha habido en la historia. Esa es mi vocación: secretaria del dictado. No me corresponde interrogar ni juzgar lo que me es dado. Simplemente escribo las palabras y luego las pongo a prueba. Pruebo su solidez para asegurarme de que he oído bien.

[…]

―Antes de poder entrar se me pide que declare mis creencias ―lee―. Y yo respondo: una buena secretaria no debe tener creencias. Es inadecuado a su función. Una secretaria simplemente debe estar disponible, esperar la llamada.

[…]

―En mi trabajo, una creencia es una resistencia, un obstáculo. Intento vaciarme de resistencias.

[…]

―Para explicarlo de otra forma, tengo creencias, pero no creo en ellas. No son lo bastante importantes como para creer en ellas. No me las tomo a pecho. Ni eso ni siento ningún deber hacia ellas.

[…]

―Pero les advierto una cosa. Estoy abierta a todas las voces, no solamente a las de los asesinados y los violados. ―Intenta mantener la voz firme llegado este punto, intenta no dejar escapar ninguna nota que pueda ser considerada forense―. Si quien decide convocarme con sus asesinos y sus violadores, para usarme y hablar a través de mí, también les prestaré atención, no los juzgaré.

―¿Creen que los culpables no sufren también? ―dice―. ¿Creen que no llaman a gritos desde las llamas? “¡No me olvidéis!”, gritan. ¿Qué clase de conciencia haría caso omiso de semejante agonía moral?  (Coetzee, 2006: 203-208)

 
Como secretario de lo invisible, el psicoanalista está más cerca de la poesía que de la psiquiatría: puede escuchar la realidad sin juzgarla. Elizabeth se ha hecho secretaria de las mujeres, de los animales, de los sometidos, de los acusados, de los inválidos, de los viejos… El psicoanalista y el escritor son secretarios de la experiencia de vivir, sabiendo que esto significa ser capaz de morir. La condición de su oficio es no ser creyente, por eso el psicoanálisis y la escritura son oficios de la soledad. Esto no significa estar aislado, sino estar al margen de las comunidades de creyentes. Sin creencias, el secretario está abierto al otro. 
 
La función del secretario es una apertura sin ideal trascendental. Su función no es la moralina, ni la enseñanza en la universidad, ni la salud, ni el negocio, ni el escenario público…  El secretario ejerce su función (darle voz al otro) en la intimidad del sufrimiento y en la soledad del no creyente. Ambos son oficios del deseo de hacer escuchar, sentimiento que permite compartir el ser ajeno.
 

 
Abraham Godínez, miércoles 5 de febrero de 2014.

Guadalajara, Jal. México

 

Referencia:

 

·         Coetzee, J. M. (2006). Elizabeth Costello. Trad. Javier Calvo. México: Random House Modadori, 2006.

 

jueves, 30 de enero de 2014

In memoriam: José Emilio Pacheco


Somos los indefensos que se hunden
en la noche que no pidieron


José Emilio Pacheco
(Fragmento del poema Los indefensos) 

 

Podemos comprendernos y compadecernos porque compartimos el mismo destino. Nada más petulante que creerse eterno. Los negadores de la fugacidad desean abandonar la condición humana: anhelan ser dioses, los "salvados" miran por encima del hombro. José Emilio Pacheco era un hombre sencillo y trágico: aceptaba la realidad. Asumió la muerte y el tiempo fue un tema importante en su poesía. No se escondía con idealismos banales. Decía que el mundo es horrible, y tenía razón. José Emilio era un poeta sensible, un hombre extraordinariamente amable. Era imposible no quererlo.

En 2008 y 2009 mantuve correspondencia con José Emilio. Yo dirigía la revista semestral de psicoanálisis Non nominus. Estábamos preparando el noveno número: Psicoanálisis y Literatura. Fernando del Moral le presentó la revista que editábamos Gabriela Gómez, María Luisa González y yo. A José Emilio le gustó mucho. Lo invité a colaborar. Le envié un correo. Él agradeció la invitación y nos compartió cinco poemas que en aquél tiempo no habían sido publicados. Él deseaba que salieran todos juntos, pues conformaban una unidad.  

La correspondencia siempre fue cordial. Desde el primer correo electrónico él me ofreció su amistad. Yo me sentía agradecido por la posibilidad de compartir palabras con uno de nuestros mejores poetas.

Sufríamos con las computadoras. Frecuentemente nos hacían malas jugadas. José Emilio era riguroso con la ortografía, y eso volvía loco al ordenador. El 29 de agosto de 2008 él me escribía al respecto:


Doctor:

 Le he enviado muchas veces el texto y me lo devuelven.
 Al parecer el problema es el acento de Godínez, que sin embargo aparece en la dirección que está en su carta.
 Lo escribo sin acento y de nuevo lo rechazan.
 Habrá que psicoanalizar a este fantasma electrónico.

(29 de agosto de 2008)

 

José Emilio sabía bien que las máquinas se devoran lo humano. No creía en la tecnología ni en el progreso. Me recordaba a Walter Benjamin: le aterrorizaba la destrucción del humano a favor de la técnica (el horror del mundo). A veces me enviaba correos que no me llegaban y viceversa. Me contaba sus desventuras:

 

Le escribí una carta de inmediato. Al intentar enviarla desapareció ¿Quién psicoanalizará a las computadoras y su inescrutable hostilidad contra los seres humanos?

(26 de noviembre de 2008)

 

La revista Non nominus publicó los cinco poemas que nos envió. Respetando su obra, publicamos un poema en cada página, tal cual él lo había solicitado:


Desde luego lo ideal es un poema por página, ya que se trata de algo audiovisual en el sentido más puro de la palabra: un texto que se lee y se ve al tiempo que se escucha.

(30 agosto de 2008)

 

José Emilio era un hombre sin dobleces. Más que la celebridad, buscaba la tranquilidad. De la FIL decía que era un caos infinito. Prefería que no nos reuniéramos en la Feria: ahí no se puede conversar. Debido a que sufría con los viajes, los tumultos y la actividad pública, nos mencionó que no podría estar en la presentación del noveno número de la revista Non nominus:

 
Mi querido Abraham:

Después de los homenajes a Monsiváis y a Fuentes, la feria y el ciclo del CN no tengo fuerza ni ánimo para hacer nada más en lo que resta del año. Sólo de pensar en el viaje al aeropuerto siento escalofríos. Además ya la vida literaria ha sustituido a la literatura y lo que yo quería era escribir. Por favor comprenda mi situación y reciba todo mi agradecimiento. Un abrazo

 José Emilio

(26 de Noviembre de 2008)


José Emilio amaba la literatura. La vida literaria era un mal necesario. La escritura requiere de tiempo y de soledad. Lo entendemos porque en psicoanálisis sucede algo similar: la vida psicoanalítica (las universidades, los congresos, los coloquios, las presentaciones de libros, las sociedades, los institutos, las escuelas y las redes de psicoanálisis) sustituyen al psicoanálisis mismo (espacio de intimidad y soledad en el que se cuenta el dolor).

José Emilio padecía con tanto trabajo que tenía. Estaba rebasado de compromisos y soportaba el dolor del cuerpo. A veces sus respuestas eran apresuradas; aún así, siempre respondía. Sufría de una amabilidad irrenunciable.

El noveno número de la revista Non nominus lo presentamos en una fría noche del 12 de diciembre de 2008 en el patio del Ex-Convento del Carmen (Guadalajara, Jal). Le enviamos la revista por correo postal. Agradezco mucho el tiempo que se tomó para leer la revista y comentar mi trabajo sobre Manuel Acuña:

Querido Abraham:

Gracias por la revista. La leí íntegra y me gustó mucho el ensayo sobre Acuña. Usted dirá que es un texto psicoanalítico y sin duda lo es pero también me resulta un ejemplo excelente de crítica literaria: da interés a lo que antes no interesaba y hace ver lo que no habíamos visto. Felicidades de verdad.

Siento mucho que las limitaciones de mi casa nos impida recibirlos como se merecen. Sólo (ya lo verá) hay espacio para un invitado. Pero podemos vernos aquí y, si me permiten, los invito a desayunar el jueves en alguno de los innumerables restaurantes que pueblan la Condesa.

(26 de enero de 2009)

María Luisa González, Gabriela Gómez y yo viajamos de Guadalajara a la Ciudad de México. Presentamos la revista en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; sin embargo, no pudimos reunirnos con José Emilio. Lamentablemente él sufría de problemas de movilidad y decía que la Ciudad de México se había vuelto imposible. Contrario a nuestra voluntad, el jueves 12 de febrero de 2009 no pudimos encontrarnos con él porque debía asistir con su oftalmólogo en el Hospital Inglés. Cada tratamiento lo dejaba sin ver el resto del día. No nos conocimos en persona, pero lo hicimos a través del correo electrónico.

Aunque las computadoras nos trataban como Wanda de Dunaiew a Severino de Kusiemski, continuamos con nuestra correspondencia durante algunos meses más. Siempre me conmovió la gentileza de José Emilio. Le agradecí mucho su colaboración con Non nominus, lo sigo haciendo. Fue una fortuna haber publicado cinco de sus poemas y haber compartido cartas con él.

El tiempo es muerte, nuestro futuro seguro...   José Emilio vivirá en nuestra memoria.

 

Abraham Godínez, 30 de enero de 2014

 

Recordando a José Emilio Pacheco...


No existe el pesimismo. Uno apuesta a la vida.

al levantarse de la cama, hacer proyectos, hablar.

El mundo se sostiene en la creencia

de que la muerte y la tragedia pactaron

nada más con nosotros y nos dejan tranquilos

para que todo siga mediobien, mediomal

―hasta que un día irrumpe la catástrofe.

 

José Emilio Pacheco

Fragmento de Las ruinas de México (Elegía del retorno).

miércoles, 22 de enero de 2014

Por mera intuición, nada se piensa...


En Crítica de la razón pura, Kant (2003: 392) dice que por mera intuición nada se piensa. Para que haya un pensamiento crítico es necesario comprender conceptos que puedan complejizar aquello que se intuye. No hay clínica sin intuición, y no hay experiencia sin reflexión. Por eso la Filosofía es importante para el Psicoanálisis: permite comprender mejor el campo clínico y complejizarlo. No basta el empirismo clínico, la intuición o el anhelo de ayudar al paciente, la reflexión filosófica es necesaria. Comparto esta cita de Immanuel Kant que me parece muy pertinente tomar en cuenta:

 
[…] el entendimiento que se ocupa exclusivamente de su uso empírico, pero sin reflexionar sobre las fuentes de su propio conocimiento, sin duda puede muy bien adelantar; lo que no puede lograr es determinarse a sí mismo los límites de su uso sin saber qué es lo que está dentro o fuera de su esfera, pues para eso se requieren precisamente las profundas investigaciones que hemos llevado a cabo [Estética trascendental, Analítica trascendental y Lógica trascendental]. Y si no puede distinguir si están o no en su horizonte ciertas cuestiones, nunca estará seguro de sus derechos y de su posesión, sino que deberá prepararse para recibir numerosas y vergonzosas reprimendas si se sale continuamente de los límites de su esfera (como es inevitable) y se extravía en ilusiones y ofuscaciones. (Kant. I. Crítica de la razón pura, p. 381)

 

Si el Psicoanálisis se acerca más a la Filosofía, los psicoanalistas podrían comprender mejor sus límites. Así podrían evitarse las múltiples pifias y la gran cantidad de excesos que acontecen en la práctica clínica y en las disertaciones de algunos psicoanalistas. ¡Ufff!

 
 
 
 

sábado, 18 de mayo de 2013

Frases de "Los caminos a Roma" de Fernando Vallejo



Los caminos a Roma parece una novela de anécdotas, pero es más que eso. Se trata de una novela que transmite un desconsuelo profundo: hay un desarraigo doloroso; cualquier lugar al que se vaya, no hay lugar en el mundo. En la literatura nos encontramos con viajes legendarios: podemos pensar a Ulises fuera de Ítaca, a Alicia en su país de las maravillas, al Quijote vagando por un lugar de la Mancha y al pequeño príncipe de Saint-Exupéry viajando entre planetas. El viaje de Fernando Vallejo es simple y humano. Los viajes se hacen porque uno nunca encuentra lugar.  Más que una queja, es una situación sin remedio: si no profesas un credo, si no sacas credenciales y si no te enfilas a un ejército, en este mundo no hay lugar. Entonces no queda más que viajar...

Fernando Vallejo nos cuenta un pasaje de su vida: ha salido de Colombia hacia Roma. Quiere estudiar cine; sin embargo, se dedica a otras cosas: Bueno, yo vine a Italia a estudiar cine y a nada más. Pero el más se fue haciendo más y más, se fue creciendo, y acabó por absorbérselo todo (Vallejo, 2006: 30). Lo más interesante de la novela es el estilo del escritor colombiano: su sentido del humor (negro y ácido, pero honesto) es una delicia. Fernando Vallejo es un maestro de la frase. Aquí cito aquellas que más me han gustado:

"Y niños. Móviles niños con nueva cuerda para un día más, un día entero, correteando por el pasillo, abusando. Abusando de que ya murió el rey Herodes" (Vallejo, 2006: 13)

"A qué tantas carreras, hombre, para ir a dar a donde vamos todos, tarde o temprano, al mismo sitio." (Vallejo, 2006: 15)

"La luz antes de las once tiene rayos infrarrojos." (Vallejo, 2006: 17)

"Cuando vivía en Roma soñaba con Medellín; cuando regresé a Medellín empecé a soñar con Roma." (Vallejo, 2006: 25)

"No cierres pues, Paulina, las puertas y ventanas que así no dejas pasar la luz. Ábrete, ábrelas." (Vallejo, 2006: 36)

"En cada encrucijada tomo el camino errado." (Vallejo, 2006: 41)

"Permítaseme una digresión sobre las putas en Roma: cuestan una fortuna; cien veces más que los muchachos, sin proporción." (Vallejo,  2006: 42)

"Hace cuatro siglos lo quemaron pero en mi corazón arde Giordano Bruno todavía." (Vallejo, 2006: 44)

"El amor es una gonorrea del alma." (Vallejo, 2006: 57)

"Tienen los franceses una muy distinta concepción de las cosas. Saliendo de una función me dice una francesa: Ustedes los latinoamericanos no sirven para el amor. No huelen a nada. Es como acostarse con un vaso." (Vallejo, 2006: 68)

"Mi vida es como un gran portón de oficina pública por el que entra y sale gente. Sin parar." (Vallejo, 2006: 69)

"La caja de chocolatinas me costó una fortuna, el equivalente a tres noches de hotel. Total ni las voy a dormir aquí, duermo tres noches menos, se las descuento a mi vida y ya." (Vallejo, 2006: 71)

"De la fría perfección ¡líbranos Señor!" (Vallejo, 2006: 83)

"No hay dicha en la vida mía que no me la amargue alguno. El amor me lo amargó la Iglesia: respirar es pecado." (Vallejo, 2006: 116)

"'Intellettuali', palabra inocente del latín que Italia pervirtió aplicándola a esa raza maldita." (Vallejo, 2006: 126)

"Los panes duros me ablandan el corazón." (Vallejo, 2006: 132)

"Con ustedes los jesuitas no sabe uno a qué atenerse, hoy piensan muy avanzados, mañana muy atrasados. Son el demonio." (Vallejo, 2006: 136)

"El sentido de culpa que heredé de nuestro padre Adán y que con esmerado amor cultivaron los salesianos se me exacerbaba." (Vallejo, 2006: 164)

"Son ingleses. Y ahí donde usted los ve tan propios, tan circunspectos, tan callados van borrachos. Yo sé lo que les digo, yo los conozco, yo soy experto en humanidad. Borrachos pero callados, rumiando los pensamientos, con el pudor de existir. Así me gusta a mí." (Vallejo, 2006: 173)

"Hombres, niños, viejos, mujeres, camino todos de la muerte y de repente, entre el gentío, un muchacho, una belleza, como un diamante en un basurero. No hay otra razón para la humanidad: sólo ese brillo fugaz, el fulgor de la llama." (Vallejo, 2006: 176)

"―Recuerda que eres polvo y que en polvo te habrás de convertir.
¿Polvo? Polvo es mucho. Menos que eso. Somos nada, un espejismo de la nada." (Vallejo, 2006: 183)

"¡Si todos los niños, hombres, son iguales! Tienen ojos, boca, nariz, orejas. Repetidos, simétricos, monstruosos. Después les salen los dientes para devorar al mundo." (Vallejo, 2006: 185)

"Alemania prepotente y belicosa, especialista en perder guerras." (Vallejo, 2006: 192)

"Qué más da, recuerdos son recuerdos: llamitas moribundas que ya apagará el olvido." (Vallejo, 2006: 195)

"Y no les traigo regalos. ¡Que más regalo que el tiempo que no me vieron!" (Vallejo, 2006: 199)


Y aquí, unos fragmentos de mayor tamaño:

"Los que hemos hecho el curso de la vida en la calle de Junín quedamos condenados de por vida, sin remedio. No vemos otro fin, otra razón de esta historia necia que el amor, que le da sentido. Y si el amor no existe lo inventamos, como el padre Tomasino inventa a Dios.
―No es lo mismo ―dice el padre.
―Sí es lo mismo ―digo yo. Dios es como el amor: está dentro del que lo necesita.
―Dios no está adentro, está afuera.
―Yo afuera nunca lo he visto: si acaso lo presiento en usted. Y acuérdese de la frase elemental de la sintaxis latina: “Credo Deum esse”: una principal y una subordinada. Yo estoy en la principal, en el “credo”; Dios en la subordinada. Y como usted bien sabe, padre, que tanto sabe latín, sin principal nunca hay subordinada. Ni hay amo sin criado ni rey sin esclavo y donde hay desierto hay espejismo. Así que saque la conclusión."  (Vallejo, 2006: 157)

"…esas amplias casonas en que vivimos de corredores inmensos, frescos, aireados (no los apartamenticos minúsculos, encerrados de aquí más las fincas para los fines de semana y días de fiesta, es a saber: los feriados de la iglesia y los feriados del gobierno que se encadenan en puentes simples, dobles, triples y entre sí y con la Feria de las Flores y la Feria de La Candelaria y la Feria de Cali y la Feria de Manizales y los carnavales de la Costa y el desfile de los silleteros y las vacaciones de Semana santa y las de mediados de año y las de diciembre que principian a principio de noviembre y acaban a finales de enero. Ah, y el día del trabajo… Entonces se pude decir que ustedes viven en el paraíso. Prácticamente sí." (Vallejo, 2006: 162)

Referencia: Vallejo, F. (2006). Los caminos a Roma. México: Alfaguara, 2006.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Y para festejar, ¿tequila o tacha?

En el número de marzo de la revista Replicante presento un ensayo sobre los usos festivos del alcohol y el éxtasis. Agradezco mucho a Rogelio Villarreal la publicación. Les comparto el link en el que pueden encontrar el texto:

http://revistareplicante.com/la-fiesta-del-alcohol-al-extasis/