La
escritura también es, de manera muy literal y hasta en el valor de una
“archiescritura”, una voz que resuena.
Jean-Luc
Nancy
Elizabeth Costello sufre de sinceridad. Alcanzó
la fama con su cuarta novela La casa de
Eccles Street, en el que desarrolla una historia sobre Marion Bloom (mujer
de Leopold Bloom, protagonista del Ulises
de James Joyce). En esta novela Elizabeth describe el matrimonio como una
prisión: la mujer queda encerrada en casa y el varón en el exterior (así que tenemos a Odiseo intentando entrar y
a Penélope intentando salir, [Coetzee, 2006: 19]).
Elizabeth
Costello es una novela de Coetzee que relata la historia de
esta escritora (¿alter ego de Coetzee?) Elizabeth nació en 1928 en Australia. En la novela tiene
sesenta y siete. Por lo tanto el relato se desarrolla en 1995. Elizabeth prefiere la soledad: padece
las apariciones públicas. Sin embargo, participa en conferencias
universitarias, charlas culturales en barcos, reuniones de asociaciones de
beneficencia… No le va bien, pero no deja de asistir. Es una locura seguir con
esto: es un disparate presentarse en público y ser honesto, pero los locos siempre son sinceros (Coetzee,
2006: 118).
Elizabeth es reacia a acallar sus
opiniones. Dice lo que piensa sin importar el escándalo de los eruditos y de las
“buenas conciencias”. Cada charla es un problema para ella: alborota a los
intelectuales cuando compara los rastros con los campos de concentración (fábricas de muerte, [Coetzee, 2006: 103]); horroriza a los
humanistas cuando destaca el banal negocio de la universidad (Puede que sea forastera, pero si le
preguntaran cuál es la disciplina central hoy día en la universidad, ella diría
que es ganar dinero [Coetzee, 2006: 131]); atemoriza a los novelistas
cuando reprueba la mística de la literatura africana o cuando hace una
precaución sobre la tinta cruel y exhibicionista de algunos relatos; y aterroriza
a los católicos cuando hace una crítica al dios débil, feo y moribundo (¿Por qué un Cristo agonizando entre
contorsiones en lugar de un Cristo vivo? Un hombre en la flor de la vida, de
treinta y pocos años. ¿Qué tienes contra mostrarlo vivo, en toda la belleza de
su vida? Y ya que hablamos de esto, ¿qué tienes contra los griegos? Los griegos
nunca habrían hecho estatuas y pinturas de un hombre en plenos estertores,
deformado, feo, y luego se habrían arrodillado ante esas estatuas y las habrían
adorado, [Coetzee, 2006: 144]).
Lo único que quiere Elizabeth es
quedarse callada, pero habla. Coetzee describe muy bien el dolor de hablar. Hay
un sentimiento de culpa cuando se dice lo que se piensa. Es más fácil no
contradecir la habladuría y participar con el guión a representar. Sin embargo,
Elizabeth Costello se resiste a ser sólo una repetidora de ideas. No ha
aprendido a fingir.
El libro nos cuenta sus desavenencias
con el “gran público”. En el último capítulo, Elizabeth Costello es procesada
por el mismo tribunal que enjuicia a Josef K. La justicia está perdida de
antemano: la puerta de la ley está destinada a ella, pero no podrá cruzarla
nunca. El tribunal le exige que explique sus creencias. Ella dice que no es
creyente. Desde el primer capítulo ella había dicho que el realismo nunca se
siente cómodo con las ideas. Ahora se lo
dice a sus jueces: no cree en nada. Ellos le dicen que sin creencias no es
humana. A ella las creencias le estorban, por eso termina siendo iconoclasta.
Hay oficios que no pueden convivir con
la creencia. La escritura y el psicoanálisis pertenecen a este tipo de oficios.
Elizabeth se auto-designa como secretaria de lo invisible. Esta descripción
podría también definir el oficio de un psicoanalista Un secretario es aquel que se le confía un secreto para que lo guarde.
También puede ser un escribiente, tiene el encargo de escribir lo que se le
dicta. En la función del secretario confluyen
el oficio del psicoanalista y del escritor, ambos se ocupan de la voz del otro
(el psicoanalista en la primera acepción, el escritor en la segunda). Elizabeth
dice que es secretaria de lo invisible, entonces podemos preguntar esto: ¿Qué
es aquello invisible que el psicoanalista y el escritor oyen?
De momento, lo
único que oye es el lento latido de la sangre en sus oídos, igual que lo único
que siente es el suave contacto del sol en su piel. Por lo menos eso no se lo
tiene que inventar: ese cuerpo mudo y fiel que la ha acompañado a cada paso del
camino, ese monstruo amable y torpe que le ha tocado cuidar, esa sombra hecha
carne que se yergue sobre dos patas como un oso y se lava a sí misma
continuamente y desde dentro con sangre. No solamente está ella dentro de ese cuerpo, dentro de esa cosa
que no podría haber imaginado ni en mil años, tan fuera de su alcance se
encuentra, sino que de alguna forma ella
es ese cuerpo. Y a su alrededor en la plaza, en esa hermosa mañana, la
gente también es en cierta forma sus cuerpos. (Coetzee, 2006: 214)
Lo invisible es el cuerpo humano. No el
cuerpo representado, sino el sentir del cuerpo. El cuerpo afectivo es el ser
vivo, mortal y desvalido que somos. Al escribir el poeta da voz a la realidad
del otro, al cuerpo de los otros (su escritura es la resonancia de esta voz);
al escuchar el psicoanalista da voz al otro (el psicoanalizante puede
escucharse a sí mismo y recuperar su voz), a los afectos del paciente. Ambos
son secretarios del otro.
En el seminario titulado Las psicosis, Lacan dice que la función
del psicoanalista es la de ser secretario de la palabra del alienado. Para ser
secretario es necesario no tener creencia o, más bien, no creer en lo que se
cree (ni tan siquiera en los dogmas del psicoanálisis). En eso se parece el
psicoanalista al escritor: el escritor no enjuicia a sus personajes, el
psicoanalista no califica a su paciente. El psicoanálisis y la escritura dan
voz a la realidad humana, acontecen sin ideales. Elizabeth subraya esta
condición, la de no ser creyente, para poder ser secretario del otro. Así se lo
dice a sus jueces:
―Soy escritora y
lo que escribo es lo que oigo. Soy una secretaria de lo invisible, una de las
muchas que ha habido en la historia. Esa es mi vocación: secretaria del
dictado. No me corresponde interrogar ni juzgar lo que me es dado. Simplemente
escribo las palabras y luego las pongo a prueba. Pruebo su solidez para
asegurarme de que he oído bien.
[…]
―Antes de poder
entrar se me pide que declare mis creencias ―lee―. Y yo respondo: una buena
secretaria no debe tener creencias. Es inadecuado a su función. Una secretaria
simplemente debe estar disponible, esperar la llamada.
[…]
―En mi trabajo,
una creencia es una resistencia, un obstáculo. Intento vaciarme de
resistencias.
[…]
―Para explicarlo
de otra forma, tengo creencias, pero no creo en ellas. No son lo bastante
importantes como para creer en ellas. No me las tomo a pecho. Ni eso ni siento
ningún deber hacia ellas.
[…]
―Pero les
advierto una cosa. Estoy abierta a todas las voces, no solamente a las de los
asesinados y los violados. ―Intenta mantener la voz firme llegado este punto,
intenta no dejar escapar ninguna nota que pueda ser considerada forense―. Si
quien decide convocarme con sus asesinos y sus violadores, para usarme y hablar
a través de mí, también les prestaré atención, no los juzgaré.
―¿Creen que los
culpables no sufren también? ―dice―. ¿Creen que no llaman a gritos desde las
llamas? “¡No me olvidéis!”, gritan. ¿Qué clase de conciencia haría caso omiso
de semejante agonía moral? (Coetzee,
2006: 203-208)
Como secretario de lo invisible, el
psicoanalista está más cerca de la poesía que de la psiquiatría: puede escuchar la
realidad sin juzgarla. Elizabeth se ha hecho secretaria de las mujeres, de los
animales, de los sometidos, de los acusados, de los inválidos, de los viejos… El
psicoanalista y el escritor son secretarios de la experiencia de vivir,
sabiendo que esto significa ser capaz de morir. La condición de su oficio es no ser creyente, por eso el psicoanálisis y la escritura son oficios de la soledad. Esto no significa estar aislado, sino estar al margen de las comunidades de creyentes. Sin creencias, el secretario está abierto al otro.
La función del secretario es una apertura
sin ideal trascendental. Su función no es la moralina, ni la enseñanza en la
universidad, ni la salud, ni el negocio, ni el escenario público… El secretario ejerce su función (darle voz al otro) en la
intimidad del sufrimiento y en la soledad del no creyente. Ambos son oficios del
deseo de hacer escuchar, sentimiento que permite compartir el ser ajeno.
Abraham Godínez, miércoles 5 de febrero de 2014.
Guadalajara, Jal. México
Referencia:
·
Coetzee, J. M. (2006). Elizabeth Costello. Trad. Javier Calvo.
México: Random House Modadori, 2006.
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