¡Ay! ¡Ay!
¡Has destruido
con un puño poderoso
este bello mundo!
¡Se hunde, se despeña!
¡Un semidiós lo ha hecho pedazos!
Goethe
En varias ocasiones el ser humano ha
profetizado el fin del mundo, pero éste sigue girando. En
nuestros tiempos ―época de la muerte de Dios― ha habido
varias ocasiones en que se han predicado catástrofes nucleares, astronómicas y
ecológicas que vaticinan el final de los tiempos. Parece que hay una
contradicción: ya no hay creencia en la eternidad cristiana, pero se conserva
la concepción lineal del tiempo cristiano.
Sabemos que la idea del fin del mundo es
una idea judeocristiana. Octavio Paz (2003) dice que el Cristianismo es una ruptura radical con
la concepción del tiempo
cíclico de la Antigüedad: ya no se trata de un pasado mítico que se reactualiza
en el presente y se espera en el futuro (como el tiempo circular de los Mayas o
el sueño de Brahma que es cíclico, infinito e impersonal), sino de un tiempo
lineal que comienza con el Génesis y
desemboca en el día del Juicio final.
El fin del mundo es una concepción
cristiana; sin embargo, ahora está aderezado con un sincretismo más o menos
gracioso. La idea de Dios se ha desplazado al concepto de orden cósmico. Ahora los creyentes suponen
que hay un cosmos regido por leyes
espirituales inmutables: se concibe la idea de un orden universal que niega la
contingencia y el caos. Mezclan conceptos de física, astronomía, filosofía,
astrología, esoterismo y religión, para decir que hay energías o sucesos cósmicos
ordenados y coherentes según los preceptos de un orden inteligente. En
México es común que este sincretismo cósmico incluya ideas derivadas de la cultura indígena: los
creyentes mezclan concepciones de la cultura Maya a través de una comprensión
lineal del tiempo derivado de la cultura judeocristiana para interpretar que
hay una época que está por finalizar. Así han llegado a la conclusión de que
entre el 21 y el 23 de diciembre de 2012 se acabará el mundo.
Los estudiosos sobre el tema hablan de una alineación
de planetas y de una modificación de la posición de los astros o del eje de la
tierra. Los futurólogos no dejan de hacer cálculos, pero se olvidan de que las
fechas y las épocas son ficciones humanas. Tal como Kant, Schopenhauer y
Nietzsche lo establecieron, el espacio euclidiano (en donde hay líneas,
cuadraturas y ejes) y el tiempo cronológico (en el que hay comienzos, finales, fechas,
años y épocas) sólo existen en la concepción humana.
Sabemos que el humano es un mundo de conceptos:
ordenamos el mundo según nuestras propias palabras y creemos que el mundo es
tal cual lo hemos organizado (comenzó en tal fecha, terminará en esta otra). Nos
olvidamos que somos inventores del mundo que habitamos: miramos en el cielo la
proyección de nuestro pensamiento, luego queremos encontrar señales en las mudas
estrellas.
El mundo en que habitamos es diferente a la cosa en sí, realidad inaprensible de la
que sólo nos percatamos a través del cuerpo sintiente. El mundo en que vivimos
es una ficción. Parece verdadero porque hemos convenido que así sea, sin
embargo siempre se tambalea: nuestro mundo es como una gelatina, construcción conceptual
compleja que está erigida sobre fundamentos movedizos (Nietzsche, 2011).
El mundo en el que vivimos no sólo es una
ficción, también es inevitable: estamos arrojados a él, viviendo en él, sin
haberlo elegido (Heidegger dixit). El
hombre no es sin mundo y el mundo no es sin los hombres. No contamos con la
voluntad para entrar y salir del mundo tal cual nos plazca hacerlo.
El mundo humano es una contingencia, por lo cual
es innecesario. La naturaleza ha existido eternidades sin los hombres y cuando
los humanos desaparezcan no habrá sucedido nada. A pesar de sentirse el centro
del universo, el intelecto humano no tiene misión alguna fuera de la vida
humana (Nietzsche, 2011: 609).
Además de ser una innecesaria e inevitable
ficción, el mundo es también una imposición de poder. Los conceptos y el orden
que destinamos a los objetos, nos impone a nosotros un modo de ser: hay humanos
explotados y marginados a favor de otros humanos que explotan y marginan. El
mundo también es esa constante lucha, esa constante tensión, entre el
explotador y el explotado.
Desde la práctica clínica del psicoanálisis
podemos decir que la idea de que el mundo se va a acabar es angustiante y es un
pensamiento recurrente en las psicosis. Piera Aulagnier (2007: 93) destacó la
intensa impresión de fin del mundo que se observa con tanta frecuencia en los
comienzos de la psicosis. Daniel Paul Schreber (2003)
confesaba, en Memorias de un enfermo de
nervios, que el mundo ya se había finalizado y que la gente que veía eran
sólo hombres de apariencia. Su misión consistía en transformarse en mujer, ser
fecundado por Dios, y repoblar el planeta con una nueva raza. Sin embargo, su
Dios lo abandonó: Schreber vivía en una soledad radical e insoportable. A
propósito, Freud escribe: El
sepultamiento del mundo es la proyección de esta catástrofe interior; su mundo
subjetivo se ha sepultado desde que él le ha sustraído su amor (AE XII:
65). Y agrega: Considero totalmente
verosímil que su relación alterada con el mundo se puede explicar de manera
exclusiva o predominante por la falta del interés libidinal (AE XII: 69).
El psicótico vive en el fin del mundo
porque ha roto lazos con éste; se retrae en sus sueños y en sus pensamientos.
El psicótico vive en una soledad radical: ya no puede dar concesiones a un
mundo que se le ha vuelto insoportable. ¿De dónde ha partido esa intolerancia?
Del mundo mismo. Schatzman (2006) pudo describir el modo en el que Daniel
Gottlieb Moritz Schreber martirizaba cruelmente, sin posibilidad de
escapatoria, a Daniel Paul Schreber, su hijo. Según él la tortura estaba
justificada: el niño tenía que ser un ejemplo moral y ortopédico según el canon
de la raza superior. Después de esta experiencia, a Daniel Paul Schreber la
vida se le tornó imposible: sufría y deliraba con la idea de que los rayos de
Dios experimentaban con su cuerpo. La idea delirante era un intento de comprender
lo incomprensible: ¿por qué un padre lastima y tortura cruelmente a su hijo?
La idea que se ha expandido sobre el fin
del mundo demuestra que el mundo se ha vuelto insoportable: ésa es la verdad
que ostenta la psicosis. Dufour (2002) dice que el sujeto de las sociedades
postmodernas es psicótico. El lazo
social está destruido. Cada ser humano se guarece en su propia locura o en el
refugio incestuoso. Las toxicomanías aumentan porque es difícil sobrellevar este mundo inhóspito. Aumenta la endogamia familiar porque no hay espacio
cultural en el cual se pueda convivir sin ser explotado, sin ser maltratado.
Cuando no hay empleos respetuosos al trabajo ajeno, hospitales públicos con
trato humano, escuelas laicas y gratuitas, no hay espacio social que haga posible
que el deseo se dirija al mundo. En México la situación es desastrosa: hay
empleos pseudo-pagados que sólo se conservan cuando el empleado se somete a una
vigilancia y amenaza constante, hay plazas públicas con muertos y torturados, hay
muchos desaparecidos y exiliados, hay contubernio entre curas, políticos y periodistas para mantener los sistemas de sometimiento, hay
una creciente privatización de la salud, la educación y la cultura. Así, ¿cómo
conservar el deseo por el mundo?
Seguramente el mundo seguirá girando
después del 21 de diciembre de 2012; sin embargo, en las redes sociales y en las pláticas de sobremesa se seguirá escuchando el ominoso deseo
de que el mundo se acabe o al menos se modifique…
Abraham Godínez
Guadalajara, Jal. a 19 de diciembre de 2012
Referencias:
Aulagnier,
P. (2007). La violencia de la interpretación. Del pictograma al enunciado. 1°
ed. 7° reimp. Trad. Victor Fischman. Buenos Aires: Amorrortu, 2007.
Dufour,
D-R. (2002). Locura y democracia. Ensayo
sobre la forma unaria. Trad. Juan Carlos Rodríguez Aguilar. México: FCE,
2002
Freud, S. Sobre un
caso de paranoia descrito autobiográficamente (Schreber) en Obras Completas.
Ordenamiento, comentarios y notas de James Strachey, con la colaboración de
Anna Freud. 24 vols. (designamos con la abreviatura AE las citas tomadas de esta edición y
con un número
posterior el volumen referido). Traducción directa del
alemán: Etcheverry, J.L. 2ª ed. 8ª reimp. Buenos Aires: Amorrortu, 2001.
Nietzsche,
F. (2011) Sobre verdad y mentira en
sentido extramoral en Obras
Completas, Vol. 1. Escritos de juventud. Edición dirigida por Diego Sánchez
Meca. Traducción, introducciones y notas de Joan B. Llinares, Diego Sánchez y
Luis E. de Santiago. Madrid: Tecnos, 2011
Paz, O. (2003). Los hijos del Limo en Obras
completas, edición del autor. Tomo 1: La
casa de la presencia: poesía e historia. 2ª ed. 4ª reimp. FCE: México,
2003.
Schatzman,
M. (2006) El asesinato del alma. La
persecución del niño en la familia autoritaria. Trad. Rafael Mazarrasa. 18°
ed. Buenos Aires: Siglo veintiuno, 2006.
Schreber,
D. P. (2003) Memorias de un enfermo de
nervios. Trad. Ramón Alcalde. México: Sexto piso, 2003